P: ¿Cómo era la atmósfera cuando ganó las Espadas?
R: Apenas acababa de aterrizar procedente de una misión exitosa cuando me dijeron que me habían concedido las Espadas. Aquello fue en junio de 1944. Llegué el 3 de agosto para encontrarme con Hitler una vez más para la ceremonia de entrega. En total éramos diez integrantes de la Luftwaffe. Hitler no era la misma persona. Todo aquello sucedió justo después del atentado con bomba: le temblaba el brazo izquierdo y tenía que girarse para usar el oído izquierdo siempre que alguien hablaba, pues la explosión le había dejado sordo del otro. Hitler habló del cobarde intento de asesinarlo y cargó contra sus generales, con algunas excepciones. También afirmó que Dios le había salvado la vida para que él pudiera evitar la destrucción de Alemania y que haría retroceder a los aliados occidentales. Todo aquello me sorprendió mucho. Yo quería marcharme para ir a ver a mi Ushi, y así lo hice.
P: ¿En qué se diferenció aquel encuentro con Hitler de los otros dos anteriores?
R: Bueno, Dieter Hrabak y el resto hicieron una fiesta antes de que me fuera, y me emborraché tanto que al día siguiente apenas podía mantenerme en pie. Suena como si todos fuéramos alcohólicos, pero no es así. Nosotros vivíamos y jugábamos peligrosamente. Nunca sabías lo que te iba a pasar al día siguiente. Volé con mi 109 a Insterburg escoltado por la JG-52. Cuando llegué a la Wolfsschanze el mundo había cambiado. Hitler ya había empezado con los juicios y las ejecuciones de los implicados, y todo el mundo estaba bajo sospecha. Había que atravesar tres controles de seguridad y nadie podía llevar armas en el último sector. Le dije al guardia de las SS que le dijera al Führer que no quería los Diamantes si no confiaba en mí y me dejaba llevar mi pistola Walther. Aquel tipo me miró asombrado y fue a hablar con von Below, que por entonces era coronel. Below salió para decirme que estaba de acuerdo. Con mi gorra y mi pistola fui recibido por Hitler, que me dijo: “¡Ojalá tuviera más hombres como usted y como Rudel!”, y me entregó los Diamantes, junto con un recambio para las Hojas de Roble y las Espadas. Durante el almuerzo y el café Hitler me confió que “militarmente, la guerra estaba perdida”, algo que yo ya debía de saber, y que esperaba que los aliados occidentales y los soviéticos entraran en guerra. Después habló del problema con los partisanos y me preguntó por mis experiencias. Hitler me pidió mi opinión sobre la tácticas empleadas en la lucha contra los bombarderos americanos y birtánicos. Como yo apenas tenía experiencia al respecto me limité a explicar lo que pensaba que era un hecho: las órdenes de Göring de hacerles frente y los métodos que se usaban eran erróneos. También le informé del deficiente entrenamiento que recibían los pilotos, corto e inadecuado, que provocaba que aquellos hombres malgastaran sus vidas. Hitler también hablo de nuevas armas y tácticas y después nos marchamos. Fue la última vez que lo vi, el 25 de agosto de 1944. Volé de regreso a mi unidad, donde me esperaba un permiso de 10 días. También tuve una reunión con Galland, en la que discutimos acerca de los Me-262. Después regresé a casa para casarme con mi Ushi, era lo único que me importaba.






