mar
21

La última entrevista con Erich Hartmann (XII)

P: ¿Cuáles son sus recuerdos más memorables en lo que se refiere al combate contra aviones enemigos?

R: Tengo en mente una situación en particular. Estaba manteniendo un duelo con un YAK-9, el piloto era muy bueno y estaba completamente loco. Intentaba ponerse detrás de mí por activa y por pasiva; siempre que abría fuego conseguía escaparme de sus ráfagas. Entonces giró, dio la vuelta y nos aproximamos de frente, mientras disparábamos, aunque ninguno alcanzó al otro. Esta maniobra se produjo dos veces. Al final yo me lancé en un picado de fuerza G negativa, fuera de su línea de visión, para poder ir detrás de él a toda potencia. Me aproximé a él desde abajo, saliendo de una capa de nubes, y conseguí que su aparato ardiera. El piloto tuvo que lanzarse en paracaídas para ser capturado más tarde. Me lo encontré más tarde y pude hablar con él, un capitán bastante simpático. Le dimos algo de comer y le dejamos rondar por la base después de prometer que no intentaría escapar. El piloto soviético estaba muy contento de estar vivo, pero estaba muy confundido, porque sus superiores le habían dicho que los alemanes disparaban a los pilotos rusos nada más capturarlos. Aquel piloto acababa de disfrutar de una de las mejores comidas en toda la guerra y había hecho nuevos amigos. Me gusta pensar que gente como él regresó a casa y les contó a sus paisanos la verdad sobre nosotros, no sólo la propaganda que comenzó a contarse tras la guerra, aunque no cabe duda de que se produjeron muchos sucesos terribles. Una vez ataqué una formación de cuatro IL-2, alcanzando con mis ráfagas a uno de ellos. Los cuatro trataron de descender en formación, y los cuatro se estrellaron contra el suelo, incapaces de recuperar altitud, pues su carga de bombas había reducido considerablemente su capacidad de maniobra. Fueron los cuatro derribos más fáciles que hice. No obstante, recuerdo el día en que pude ver a más de 20.000 alemanes muertos esparcidos a lo largo de un valle donde los blindados soviéticos y los cosacos habían atacado a una unidad aislada. Aquella visión, incluso desde el aire, es la más impresionante de mi vida. Aún hoy puedo cerrar los ojos y verlos allí. Menuda tragedia. Recuerdo que lloré cuando descendí para ver mejor la escena: no podía creer lo que veían mis ojos. En otra ocasión me encontraba cerca de Jassy, en mayo de 1944, y mi compañero de ala Blessin y yo fuimos atacados por cazas, él rompió la formación y los cazas enemigo lo siguieron. Yo también descendí para seguir a los cazas enemigos desde atrás. Le dije por radio a mi compañero de ala que ascendiera y se dirigiera hacia la derecha para que yo tuviera un buen campo de tiro. Le dije que volviera la vista y vigilase lo que pasa cuando no vigilas tu cola, y entonces disparé. El caza saltó en pedazos y cayó como confeti. Sin embargo, aparte del accidente de Krupinski el día que lo conocí, hay un suceso que resulta claro y cómico al mismo tiempo. Mi compañero de ala en muchas misiones era Carl Junger. Estaba haciendo una aproximación para aterrizar cuando un granjero polaco y su caballo se interpusieron en su camino. El impacto fue inevitable, el caballo murió y el caza se convirtió en una masa de hierros retorcidos. Todos los vimos y ya estábamos pensando en celebrar el funeral, cuando de repente los restos comenzaron a moverse. Carl salió de entre aquel amasijo de hierros sin un rasguño, con las gafas de sol aún puestas. Estaba listo para volver a volar. Increíble, ¿verdad? Otra cuestión eran los Mustangs americanos que tanto miedo nos daban, pues sabíamos que eran muchos mejores que nuestros aviones, más nuevos y con mayor alcance. Una vez que comenzamos a operar en Rumanía tuvimos experiencias muy interesantes tanto con rusos como con americanos.

feb
27

La última entrevista con Erich Hartmann (XI)

P: Hrabak me describió la evacuación de Crimea. ¿Cómo fue para usted?

R: Bueno, yo no lo llamaría evacuación, sino retirada. Teníamos que abandonar la zona, y descubrí que sin la radio, la placa de blindaje y la barrera trasera podía meter a cuatro hombres en la cola, aunque tres fue el máximo que me atreví a llevar. Usando este método nos las arreglamos para evitar el cautiverio de numeroso personal de tierra que nos hacía mucha falta.

P: ¿Cómo eran los rusos que capturaron? ¿Hubo alguna muestra abierta de racismo entre sus hombres?

R: Para nada. De hecho diría que en nuestro grupo había una mayoría que encontraba repugnantes todas las idioteces nacionalsocialistas. Hrabak explicó a los nuevos pilotos más jóvenes que si pensaban que estaban luchando por el Nacionalsocialismo o el Führer deberían solicitar su traslado a las Waffen-SS. No tenía tiempo para politiqueo, estaba luchando en una guerra contra un enemigo magnífico, no celebrando un mitin político. Creo que esta postura deterioró su imagen a los ojos de Göring, pero él era un hombre de verdad y sólo se preocupaba por sus hombres. Hannes Trautloft era igual, al igual que Galland. Todos los grandes, con algunas excepciones, eran así. Uno de los prisioneros incluso nos enseñó cómo arrancar los motores a temperaturas por debajo de cero mezclando gasolina con el aceite del cárter. Nunca habíamos oído nada parecido, y pensábamos que íbamos a perder un caza en la explosión. Pero funcionó, porque el combustible diluía el aceite congelado y se evaporaba cuando el motor de arranque entraba en funcionamiento.  Era maravilloso. Otro prisionero nos enseñó a prender fuego bajo la cubierta y arrancar el motor, otro truco muy útil. El mismo tipo nos enseñó a mejorar el mantenimiento de nuestras armas, sumergiéndolas en agua hirviendo. De esta forma perdían los lubricantes que congelaban los mecanismos de disparo. Sin aquellos lubricantes funcionaban bien. Me sentí mal por aquellos hombres, pues no odiaban a nadie y los habían obligado a luchar en una guerra que, de haber dependido de ellos, habrían preferido evitar.

 

feb
02

La última entrevista con Erich Hartmann (X)

P: Durante la guerra, ¿cuáles fueron sus miedos más angustiosos?

R: Bueno, me preocupaba que me capturasen en Rusia, no era una perspectiva muy prometedora. El bombardeo de nuestras ciudades también nos preocupaba, ya que teníamos mucho apego a nuestras familias. Supongo que me preocupaba que Ushi no me esperase, así que trataba de verla siempre que estaba de permiso. Las medallas venían acompañadas de permisos, por lo que eran un incentivo. Si me hubieran dado a elegir entre ella o devolver todas las condecoraciones, las habría devuelto sin dudarlo. Ella era muy importante para mí y siempre lo ha sido. Yo me enteré más tarde de que los rusos sabían quién era yo y que Stalin había ofrecido 10.000 rublos por mi cabeza. La recompensa aumentó con el tiempo; por Rudel y por mí se ofrecieron las recompensas más altas durante la guerra, más que por cualquier otro alemán, con la excepción de Hitler y otros miembros de la élite nazi. Cada vez que despegaba sabía que habría alguien buscándome. Pensaba en las películas del oeste americanas, cuando desafiaban al mejor pistolero a que saliera fuera, donde había alguien esperando. Yo me sentía marcado, así que cambiaba de avión de vez en cuando. Me sentía así cuando usaba el tulipán negro como enseña y tenía más dificultades para encontrar contrincantes, ya que casi todos me evitaban. Necesitaba camuflarme.

P: ¿Cómo eran las condiciones en Rusia?

R: Bueno, en invierno se lo puede imaginar. Rara vez disponíamos de un refugio adecuado, teniendo que vivir en tiendas. Los piojos eran lo peor y había poco que se pudiera hacer salvo arrojar la ropa al fuego y escucharlos explotar. Teníamos DDT y nos bañábamos cuando podíamos. Las enfermedades, sobre todo pulmonías y pies de trinchera, eran muy destructivas, especialmente entre el personal de tierra. La comida siempre daba preocupaciones, sobre todo en la fase final de la guerra. Las limitaciones de combustible dificultaban cada misión. Siempre volábamos desde pistas de hierba. Los rusos nos bombardeaban a menudo. Era fácil reparar esas pistas, aunque convertían cada aterrizaje o despegue en una aventura. A veces el tren de aterrizaje de los cazas se rompía, o los cazas se metían en un hoyo y capotaban. El mantenimiento era otra pesadilla, ya que los repuestos eran difíciles de conseguir, sobre todo cuando nos movíamos mucho. A pesar de todos estos problemas conseguí muchos éxitos en Crimea entre 1943 y 1944.

P: Sé que la JG-52, al igual que otras escuadrillas, voló junto fuerzas aéreas extranjeras. ¿Cuál fue su experiencia en este aspecto?

R: Teníamos asignada una unidad de la Real Fuerza Aérea Húngara, y también había croatas. Eran muy buenos pilotos y no tenían miedo en muchos sentidos. Buenos soldados. El contacto con este tipo de unidades fue aumentando, sobre todo con los rumanos cuando estuvimos destinados allí. Fue precisamente en Rumanía donde nos enfrentamos tanto a los americanos como a los soviéticos, una época con muchos desafíos. Volábamos en Rusia con una proporción de veinte a uno con respecto a los rusos. En Rumanía era de treinta contra uno.

 

ene
18

La última entrevista con Erich Hartmann (IX)

P: ¿Cómo era la atmósfera cuando ganó las Espadas?

R: Apenas acababa de aterrizar procedente de una misión exitosa cuando me dijeron que me habían concedido las Espadas. Aquello fue en junio de 1944. Llegué el 3 de agosto para encontrarme con Hitler una vez más para la ceremonia de entrega. En total éramos diez integrantes de la Luftwaffe. Hitler no era la misma persona. Todo aquello sucedió justo después del atentado con bomba: le temblaba el brazo izquierdo y tenía que girarse para usar el oído izquierdo siempre que alguien hablaba, pues la explosión le había dejado sordo del otro. Hitler habló del cobarde intento de asesinarlo y cargó contra sus generales, con algunas excepciones. También afirmó que Dios le había salvado la vida para que él pudiera evitar la destrucción de Alemania y que haría retroceder a los aliados occidentales. Todo aquello me sorprendió mucho. Yo quería marcharme para ir a ver a mi Ushi, y así lo hice.

P: ¿En qué se diferenció aquel encuentro con Hitler de los otros dos anteriores?

R: Bueno, Dieter Hrabak y el resto hicieron una fiesta antes de que me fuera, y me emborraché tanto que al día siguiente apenas podía mantenerme en pie. Suena como si todos fuéramos alcohólicos, pero no es así. Nosotros vivíamos y jugábamos peligrosamente. Nunca sabías lo que te iba a pasar al día siguiente. Volé con mi 109 a Insterburg escoltado por la JG-52. Cuando llegué a la Wolfsschanze el mundo había cambiado. Hitler ya había empezado con los juicios y las ejecuciones de los implicados, y todo el mundo estaba bajo sospecha. Había que atravesar tres controles de seguridad y nadie podía llevar armas en el último sector. Le dije al guardia de las SS que le dijera al Führer que no quería los Diamantes si no confiaba en mí y me dejaba llevar mi pistola Walther. Aquel tipo me miró asombrado y fue a hablar con von Below, que por entonces era coronel. Below salió para decirme que estaba de acuerdo. Con mi gorra y mi pistola fui recibido por Hitler, que me dijo: “¡Ojalá tuviera más hombres como usted y como Rudel!”, y me entregó los Diamantes, junto con un recambio para las Hojas de Roble y las Espadas. Durante el almuerzo y el café Hitler me confió que “militarmente, la guerra estaba perdida”, algo que yo ya debía de saber, y que esperaba que los aliados occidentales y los soviéticos entraran en guerra. Después habló del problema con los partisanos y me preguntó por mis experiencias. Hitler me pidió mi opinión sobre la tácticas empleadas en la lucha contra los bombarderos americanos y birtánicos. Como yo apenas tenía experiencia al respecto me limité a explicar lo que pensaba que era un hecho: las órdenes de Göring de hacerles frente y los métodos que se usaban eran erróneos. También le informé del deficiente entrenamiento que recibían los pilotos, corto e inadecuado, que provocaba que aquellos hombres malgastaran sus vidas. Hitler también hablo de nuevas armas y tácticas y después nos marchamos. Fue la última vez que lo vi, el 25 de agosto de 1944. Volé de regreso a mi unidad, donde me esperaba un permiso de 10 días. También tuve una reunión con Galland, en la que discutimos acerca de los Me-262. Después regresé a casa para casarme con mi Ushi, era lo único que me importaba.

ene
12

La última entrevista con Erich Hartmann (VIII)

P: Hablé con Krupinski sobre el tema, y también leí algo sobre el “incidente de la gorra” en la biografía que escribieron Ray Toliver y Trevor Constable. ¿Qué ocurrió?

R: No encontraba mi gorra y mi vista no estaba pasando por su mejor momento, así que cogí una gorra de una estantería y me la puse, pero me venía muy grande, supe que no era mía al instante. Below se molestó mucho, me dijo que era la de Hitler, y que la dejara en su sitio. Todo el mundo empezó a reírse, excepto Below. Yo hice un chiste sobre el tamaño de la cabeza de Hitler, diciendo que debía ser “parte de su trabajo”, lo que hizo que se rieran más.

P: ¿Qué impresión le dio Hitler?

R: Un poco decepcionante, la verdad, aunque estaba muy interesado en la guerra del frente y muy bien informado sobre nuestros asuntos. No obstante, tendía a divagar sobre asuntos que a mí me parecían muy aburridos. Me pareció un hombre interesante, pero no imponente. Además, me pareció que sus conocimientos sobre la guerra aérea en el frente oriental dejaban que desear. Le preocupaba más la guerra aérea del frente occidental y el bombardeo de las ciudades. Obviamente, la guerra del ejército de tierra en el frente oriental era de su máximo interés, era algo evidente. Hitler escuchaba a los hombres procedentes del frente occidental y les aseguraba que la producción de aviones y armamento estaba aumentando, y la Historia le ha acabaría dando la razón en este aspecto. Después pasaba a la guerra submarina y decía que íbamos a destruir el comercio marítimo definitivamente y todo eso. Me dio la impresión de ser un hombre aislado y atormentado.

P: ¿Qué impresión se tenía de la guerra en su unidad en aquel momento?

R: No recuerdo que nadie hablara sobre la derrota, pero sí que hablábamos de grandes pilotos que habían caído o de las noticias de los Mustangs norteamericanos se estaban adentrando en Alemania y aún más lejos. Pocos tenían experiencia con los americanos, aunque muchos veteranos habían luchado contra los británicos. Aquellos que se habían enfrentado a los americanos lo habían hecho en el norte de África y sus puntos de vista eran muy interesantes.

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