P: ¿Cuáles son sus recuerdos más memorables en lo que se refiere al combate contra aviones enemigos?
R: Tengo en mente una situación en particular. Estaba manteniendo un duelo con un YAK-9, el piloto era muy bueno y estaba completamente loco. Intentaba ponerse detrás de mí por activa y por pasiva; siempre que abría fuego conseguía escaparme de sus ráfagas. Entonces giró, dio la vuelta y nos aproximamos de frente, mientras disparábamos, aunque ninguno alcanzó al otro. Esta maniobra se produjo dos veces. Al final yo me lancé en un picado de fuerza G negativa, fuera de su línea de visión, para poder ir detrás de él a toda potencia. Me aproximé a él desde abajo, saliendo de una capa de nubes, y conseguí que su aparato ardiera. El piloto tuvo que lanzarse en paracaídas para ser capturado más tarde. Me lo encontré más tarde y pude hablar con él, un capitán bastante simpático. Le dimos algo de comer y le dejamos rondar por la base después de prometer que no intentaría escapar. El piloto soviético estaba muy contento de estar vivo, pero estaba muy confundido, porque sus superiores le habían dicho que los alemanes disparaban a los pilotos rusos nada más capturarlos. Aquel piloto acababa de disfrutar de una de las mejores comidas en toda la guerra y había hecho nuevos amigos. Me gusta pensar que gente como él regresó a casa y les contó a sus paisanos la verdad sobre nosotros, no sólo la propaganda que comenzó a contarse tras la guerra, aunque no cabe duda de que se produjeron muchos sucesos terribles. Una vez ataqué una formación de cuatro IL-2, alcanzando con mis ráfagas a uno de ellos. Los cuatro trataron de descender en formación, y los cuatro se estrellaron contra el suelo, incapaces de recuperar altitud, pues su carga de bombas había reducido considerablemente su capacidad de maniobra. Fueron los cuatro derribos más fáciles que hice. No obstante, recuerdo el día en que pude ver a más de 20.000 alemanes muertos esparcidos a lo largo de un valle donde los blindados soviéticos y los cosacos habían atacado a una unidad aislada. Aquella visión, incluso desde el aire, es la más impresionante de mi vida. Aún hoy puedo cerrar los ojos y verlos allí. Menuda tragedia. Recuerdo que lloré cuando descendí para ver mejor la escena: no podía creer lo que veían mis ojos. En otra ocasión me encontraba cerca de Jassy, en mayo de 1944, y mi compañero de ala Blessin y yo fuimos atacados por cazas, él rompió la formación y los cazas enemigo lo siguieron. Yo también descendí para seguir a los cazas enemigos desde atrás. Le dije por radio a mi compañero de ala que ascendiera y se dirigiera hacia la derecha para que yo tuviera un buen campo de tiro. Le dije que volviera la vista y vigilase lo que pasa cuando no vigilas tu cola, y entonces disparé. El caza saltó en pedazos y cayó como confeti. Sin embargo, aparte del accidente de Krupinski el día que lo conocí, hay un suceso que resulta claro y cómico al mismo tiempo. Mi compañero de ala en muchas misiones era Carl Junger. Estaba haciendo una aproximación para aterrizar cuando un granjero polaco y su caballo se interpusieron en su camino. El impacto fue inevitable, el caballo murió y el caza se convirtió en una masa de hierros retorcidos. Todos los vimos y ya estábamos pensando en celebrar el funeral, cuando de repente los restos comenzaron a moverse. Carl salió de entre aquel amasijo de hierros sin un rasguño, con las gafas de sol aún puestas. Estaba listo para volver a volar. Increíble, ¿verdad? Otra cuestión eran los Mustangs americanos que tanto miedo nos daban, pues sabíamos que eran muchos mejores que nuestros aviones, más nuevos y con mayor alcance. Una vez que comenzamos a operar en Rumanía tuvimos experiencias muy interesantes tanto con rusos como con americanos.





