Las consecuencias de la guerra1

 

 

 

Efectos de la bomba atómica en Hiroshima

 

La Segunda guerra mundial fue la mayor destrucción indiscriminada de pueblos y recursos de la historia moderna: naciones enteras se desangraron y ardieron. Es imposible viajar por Europa y Asia sin encontrar monumentos conmemorativos y grandes cementerios donde están enterrados los civiles que murieron en la contienda, ya se trate del cementerio de Volkovo en San Petersburgo, Rusia, o del altísimo cenotafio que se construyó en memoria de los chinos de Singapur que fueron ejecutados por los japoneses.  En los monumentos, pequeños y grandes levantados durante la posguerra, los nombres aparecen habitualmente listados por jerarquía, desde el primer oficial al último soldado, con lo que siguen sin ser iguales después de la muerte. En los epitafios se pone el acento en el patriotismo y el heroísmo de los soldados más que en el dolor por su muerte. Las estatuas de los caídos se yerguen altivas por las acciones llevadas a cabo por los caídos, en lugar de postrarse con recogimiento por su desaparición. En algunos de estos monumentos a los caídos, los tonos retóricos y patrióticos están menos acentuados: un menor control del poder permitió que se desarrollase un sentimiento pacifista en las asociaciones de excombatientes, cosa que no pudo suceder en otros lugares. Por este motivo la memoria de la guerra se desarrolla de un modo menos dogmático y más variado. Así pues, incluso se pueden encontrar, grabadas en mármol, palabras que maldicen la guerra, pues sólo generan muerte y desesperación. A la sombra del Salón de Fomento de la Industria en Hiroshima, una de las ruinas más fotografiadas de la guerra, se encuentran los montículos cubiertos de hierba de las fosas comunes correspondientes a la primera explosión nuclear. En el parque de la Paz de Hiroshima, los niños dan de comer a las palomas o hacen lanzan al aire cometas de pájaros de papel. Sin embargo, cada mes de agosto, miles de visitantes se reúnen  ante el cenotafio del parque en el que aparecen las palabras: “Descansen en paz. No volveremos a cometer el error”. Para los que viven, la bomba es un recuerdo demasiado directo, repetido, ruidoso, envolvente, pesado.Cientos de miles de personas no murieron, pero resultaron gravemente heridas: sus cuerpos se cubrieron de dolorosísimas ampollas que comenzaban a supurar pus, contra las cuales lo médicos desconocían cualquier medicamento eficaz, además de las terribles heridas que cristales, astillas y cascotes les produjeron. Aún hoy pueden observarse en Japón las consecuencias de la explosión y posterior radiación en forma de secuelas físicas y psicológicas.

 

En el verano de 1945, Europa sólo podía describirse, empleando la elegante prosa de Winston Churchill, como «un montón de escombros, un osario, un semillero de pestilencia y odio». Europa también se había convertido en un continente de personas desorientadas y desmoralizadas que iban de un lado para otro. Se calcula que 50 millones de personas se encontraban en lugares que en 1939 no conocían; 16 millones eran «personas desplazadas», eufemismo bajo el cual se ocultaban refugiados y trabajadores forzosos que caminaban sin rumbo fuera de sus países natales. Aunque los europeos occidentales generalmente querían volver a sus hogares tradicionales, muchos europeos del este (en especial el millón y pico de supervivientes judíos) y rusos (es decir, todos aquellos a quienes los soviéticos consideraban ciudadanos), no querían. En Yalta los aliados occidentales habían prometido devolver a todo individuo al que se pudiera clasificar (sin mucho cuidado) como ruso, especialmente a los que habían servido en la Wehrmacht. Recurriendo a la fuerza cuando era necesario, tropas norteamericanas y británicas obligaron a más de dos millones de prisioneros militares y civiles rusos a subir a los barcos y trenes que los llevarían a la Unión Soviética; los ingleses reunieron a 44.000 cosacos en Austria e Italia y los enviaron a una muerte cierta como «enemigos del pueblo». En total, unos seis millones de rusos regresaron, de buena o mala gana, a la Unión Soviética; fuentes soviéticas calcularon más adelante que el 10 por ciento de los rusos repatriados fueron ejecutados por traidores, el 20 por ciento fueron absueltos y puestos en libertad, y el 70 por ciento fueron a parar directamente a los campos donde recibirían educación política y el trabajo que los haría libres, siempre y cuando sobreviviesen a los años de cautiverio.

 

Cincuenta años de estudio por parte de una legión de demógrafos han producido sólo cálculos aproximados de las pérdidas civiles habidas durante los años de guerra, 1937- 1945, pero una cosa sabemos con seguridad: en la segunda guerra mundial murieron como mínimo el doble de inocentes que de soldados, entre los cuales el número de muertos fue por lo menos de 21 millones. Los estados del Eje perdieron más de tres millones de civiles, y los aliados, como mínimo 35 millones, de los cuales más de 28 millones eran rusos y chinos. (Algunos demógrafos rusos y chinos calculan ahora que la cifra conjunta de sus muertos civiles fue de más de 40 millones.) Los cálculos de este tipo son muy eurocéntricos; entre los beligerantes asiáticos sólo Japón hizo un estudio minucioso de sus pérdidas civiles, y es probable que los japoneses se quedaran cortos adrede (su cifra fue de 350.000 muertos) en aras de la armonía con Estados Unidos en la posguerra. Pese a ser imperfectas, estas estadísticas escalofriantes captan la verdad esencial de la guerra: nadie era inmune a la muerte en sus formas más horribles.

 

Pilas de cadáveres en el campo de concentración de Bergen-Belsen

   

El peor asesino fue el sistema alemán de campos de concentración y de trabajadores esclavos, en el cual perecieron como mínimo 12 millones de personas: gitanos, polacos, soviéticos, eslavos, testigos de Jehová, homosexuales y enfermos mentales. De estas víctimas, seis millones eran judíos europeos que fueron deportados de todos los países europeos ocupados o pertenecientes al Eje con el fin de llevar a cabo una limpieza étnica y, en los últimos años de la guerra, un genocidio. Las otras víctimas eran trabajadores esclavos que los alemanes sacaron de toda Europa para emplearlos en proyectos de construcción y en fábricas hasta que la inanición y las enfermedades acababan con ellos. El bombardeo estratégico infligió entre un millón y medio y dos millones de muertes en Alemania, Japón, Francia y Gran Bretaña, número horrible, es cierto, pero inferior al de muertes civiles que causó la Wehrtmacht en su avance arrollador en la Europa del este. Durante las campañas de 1939-1945 en Polonia y Rusia, más de dos millones de civiles fueron víctimas mortales de las operaciones militares y de la represión por parte de las fuerzas de ocupación alemanas, que mataron a resistentes, líderes locales, rehenes y curiosos.

Los ejércitos soviéticos se vengaron durante los dos últimos años de la guerra y mataron a un número comparable de civiles alemanes, al menos un millón y medio. Tan terrible fue la venganza del Ejército Rojo en su avance hacia el oeste que de hecho, Alemania ganó entre ocho y 10 millones de ciudadanos nuevos en el último año de guerra y en la posguerra inmediata. Ni siquiera en la derrota, sin embargo, podían los países del Eje pretender que su sufrimiento era mayor. El número de judíos que murieron en el Holocausto fue el doble que las muertes de civiles del Eje atribuibles a todas las causas. Entre las naciones-estado, Polonia puede afirmar justificadamente que la Wehrmacht empujó a su pueblo (de todas las religiones) hasta el borde de la extinción. De su población de antes de la guerra, que era de 34 millones, Polonia perdió más de seis millones a causa de la máquina de guerra alemana. Otros 10 millones de polacos fueron deportados o huyeron, y sólo un millón y medio regresó a su patria después del conflicto. Muchos de los que no regresaron habían muerto en campos de trabajadores esclavos o de concentración. De los ocho a nueve millones de muertes de civiles relacionadas con la guerra en el Asia ocupada, centenares de miles eran chinos que murieron a manos de los japoneses en el período 1937-1942. No cabe duda de que entre los centenares de miles contaban los trabajadores esclavos chinos y de otros países asiáticos que fueron obligados por los japoneses a trabajar hasta la muerte en la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental.

 

 

 

Ruinas de Stalingrado

 

Tal como demuestra el ejemplo chino, definir las “muertes relacionadas con la guerra” no es fácil y resulta especialmente problemático en el caso de las muertes por enfermedad, ya fueran causadas por epidemias o por desnutrición. En la Unión Soviética y gran parte de China, por ejemplo, las poblaciones rurales en los años veinte y treinta ya habían sufrido los estragos mortales de las enfermedades y el hambre, debidos en no poca medida a la malevolencia del régimen de Stalin y de los señores de la guerra chinos. No cabe duda de que la guerra entre estados intensificó las desdichas de la población, pero debido a las condiciones que ya existían es difícil dar una cifra exacta de las muertes relacionadas con la guerra. En naciones como Gran Bretaña y Alemania, donde la población gozaba de buena salud al empezar la contienda, la distinción entre las muertes por enfermedad y por causas relacionadas con la guerra como, por ejemplo, los bombardeos y  el bloqueo naval es mucho más clara. En Gran Bretaña el racionamiento de los alimentos y la evacuación de las ciudades hicieron que el número de víctimas mortales por enfermedad fuera insignificante. En Alemania, la política del Partido Nazi de cuidar a los alemanes étnicos al tiempo que se permitía que el resto de la gente pasara hambre aplazó las muertes por nutrición entre los alemanes hasta 1945 y los primeros tiempos de la posguerra. Entre los que más sufrieron por culpa esta política estaban los holandeses, que pasaron el catastrófico invierno de 1944 1945 bajo la ocupación alemana. Como mínimo 16.000 holandeses murieron de inanición aquel invierno, en una nación de sólo nueve millones de habitantes que ya había perdido casi 200.000 personas debido a los bombardeos por parte de ambos bandos y al encarcelamiento parte del Tercer Reich. A estas pavorosas cifras hay que sumar las perturbaciones de los prisioneros de guerra, las secuelas de supervivientes a los campos de concentración, la desorganización familiar, el hambre y le esfuerzo de adaptación de los soldados vueltos a ala vida civil.

 

Tumbas japonesas en Okinawa

   

La matanza de civiles en la segunda guerra mundial reflejó los cambios habidos en la tecnología militar y la capacidad de las naciones-estado del siglo XX para emplear sus recursos en hacer la guerra industrializada y en masa. El espectro de la «guerra total», visto fugazmente en los dos últimos años de la primera contienda mundial, pasó de la ficción imaginativa de Jules Verne y H. G. Wells a la triste realidad después de 1937. La tecnología de la guerra, en especial el perfeccionamiento del ataque aéreo, hizo posible atacar a poblaciones civiles concentradas en ciudades industrializadas, centros de transporte abarrotados de refugiados y pueblos agrícolas. Las municiones que podían hacer estragos entre los civiles no eran sólo los explosivos de gran potencia, sino también los gases asfixiantes, los agentes bacteriológicos y las bombas incendiarias de fósforo blanco y gasolina gelificada (napalm). En los efectos de las dos bombas atómicas lanzadas contra los japoneses se combinaron todos los horrores de los explosivos de gran potencia, las incendiarias y el colapso celular provocado por la química. Entre los supervivientes, la radioactividad también produjo daños genéticos en niños que aún no habían nacido.

El bombardeo estratégico no agotó todos los métodos de que disponía la guerra moderna para destruir el tejido de la sociedad civil. Ya fuera en el campo de batalla o como fuerzas ocupantes, los ejércitos de masas tenían por costumbre arrasar edificios, destrozar maquinaria, matar los animales de las granjas, confiscar vehículos y carburantes, llevarse alimentos de los campos y las despensas, monopolizar hospitales, cortar los sistemas eléctricos y destruir el alcantarillado y las instalaciones de abastecimiento de agua. Los ejércitos modernos no inventaron estos métodos de despoblar países enteros, pero la eficiencia de los sistemas militares de municiones y transportes llevó el genocidio al campo de lo posible. Ciudades enteras ardieron hasta los cimientos, desaparecieron vías férreas, carreteras, puentes, plantas industriales y fértiles e inmensas superficies se cultivo. Si bien cabría racionalizar la muerte de inocentes como consecuencia inevitable de atacar la infraestructura económica del enemigo, como hicieron los ingleses y los norteamericanos, no hubo nada inevitable en la creación de miles de campos de trabajadores esclavos y 20 fábricas de exterminio desperdigadas por el Reich alemán y sus territorios ocupados, lo cual fue la demostración más descarnada de cómo la tecnología de las civilizaciones modernas puede facilitar una caída en la barbarie.

 

 

 

Tumbas alemanas en Lituania

 

La capacidad militar moderna no basta para explicar la matanza de inocentes en la segunda guerra mundial. A pesar de las protestas de los alemanes en la posguerra, para gran parte de la población alemana la aniquilación de los judíos europeos estaba muy arraigada en fantasías cultivadas desde la Edad Media en el sentido de que los judíos eran responsables de los repetidos fracasos de Alemania en los intentos de ocupar el lugar que le correspondía entre las potencias de Europa. Los delitos que se imputaban a los judíos iban de la explotación económica y la manipulación financiera a la depravación cultural. Estas ideas racistas no eran privativas de Alemania, sino que estaban también muy extendidas en países que capitularon ante el Tercer Reich o colaboraron con él, países como Francia, Suiza y Yugoslavia. Aunque la persecución religiosa tenía una larga historia en Europa, los herejes no perdían su condición de seres humanos a ojos de sus opresores, que generalmente ofrecían a sus víctimas la opción de salvarse abjurando de su fe. En el genocidio secular, en cambio, lo primero que hacían quienes lo perpetraban era reducir a sus víctimas a la condición de seres no humanos para poder justificar así su exterminio, lo cual representó una fusión intelectual del darvinismo social, la genética de chiflados y el racismo en su peor forma con las ideas políticas de la chusma. La preocupación por las características genéticas y la tendencia a atribuir el comportamiento a la genética racial heredada e inmutable hicieron que al Partido Nazi le resultase mucho más fácil ver el genocidio simplemente como ingeniería social y lograr, por medio de su máquina propagandística, que los alemanes corrientes aceptasen esta visión. Pero tal como los japoneses ya habían demostrado en China, los nazis no monopolizaban las racionalizaciones de su política de agresión militar, ocupación y asesinato.

El antisemitismo y el anticomunismo se fundieron en el siglo XX para ampliar el número de minorías intolerables a las que había que eliminar. Los resistentes en la Alemania nazi, en la Italia fascista y en los países ocupados recibían el mismo trato a manos de la Gestapo y de las policías nacionales que colaboraban con ella. Sin embargo, la condición de «enemigo del régimen» no existía sólo en la potencias europeas del Eje. Todos los gobiernos beligerantes, sobre todo el ruso, eran muy conscientes de que las fuerzas armadas en campaña no podían funcionar sin la productividad económica de la población civil. Así pues, los gobiernos no podían hacer caso omiso de la disensión, real o imaginaria, susceptible de mermar la moral civil poniendo en entredicho la distinción que hacía el gobierno entre amigos y enemigos. El resultado fue un asalto a la vida y la libertad de los civiles en todas partes, incluido Estados Unidos, que encarceló a 110.000 inmigrantes japoneses y ciudadanos norteamericanos de origen japonés durante casi toda la guerra y los arruinó económicamente. También detuvo o intercambió a 14.000 extranjeros enemigos que procedían de Europa (alemanes, italianos, húngaros, búlgaros y rumanos) y formaban un conjunto potencial de casi un millón de sospechosos, proporción que induce a pensar en un doble rasero de tipo racial.

 

Cementerio soviético de guerra

   

Aunque las muertes de civiles en la segunda guerra mundial reflejaron el horror igualitario de la contienda, las víctimas mortales militares hicieron mucho daño a una segunda generación de varones europeos y ocasionaron a Japón pérdidas sin precedentes. Las potencias del Eje perdieron ocho millones de miembros de las fuerzas armadas: Alemania casi cinco millones y Japón dos millones de muertos, y el resto correspondió a los otros seis cobeligerantes y auxiliares fascistas. Italia perdió 200.000 militares como potencia del Eje y 100.000 soldados y partisanos como aliada después de 1943. En el bando aliado, la Unión Soviética perdió como mínimo 11 millones de soldados y cálculos recientes suman uno o dos millones a esta cifra. Se calcula que los ejércitos nacionalistas chinos sufrieron 2,5 millones de muertos. Gran Bretaña, Yugoslavia, Estados Unidos, Francia y Checoslovaquia tuvieron, cada una, entre 250.000 y 300.000 militares muertos a causa de la acción del enemigo. Siguió Polonia con 123,000 y los demás aliados sufrieron otros 125.000 muertos a manos del Eje. En proporción, los aliados perdieron el doble de militares que el Eje, y los rusos solos perdieron más soldados que todas las naciones del Eje juntas.

 

 

 

Cadáveres y tumbas alemanas en Stalingrado

 

De todas las organizaciones militares que lucharon en la segunda guerra mundial, el Ejército Rojo era la más peligrosa en lo que se refería a servir en sus filas, y las fuerzas armadas estadounidenses estaban en el extremo opuesto. La Wehrmacht ocupaba el segundo puesto en la clasificación de peligrosidad. Se calcula que 25 millones de hombres y mujeres sirvieron en las fuerzas armadas soviéticas, y entre 11 y 13 millones murieron de uniforme. De los cerca de 16 millones que sirvieron en las fuerzas armadas norteamericanas, 405.399 personas murieron durante el servicio, 291.557 directamente a causa de la acción del enemigo. De los 18 millones de alemanes y otras nacionalidades que sirvieron a la causa nazi, murieron seis millones. En cuanto a las fuerzas de tierra, la infantería y los tanquistas sufrieron bajas desproporcionadas, pero el aumento de la importancia de la guerra naval y aérea creó nuevas categorías de mortalidad para el personal militar. La flota submarina alemana perdió (entre muertos y desaparecidos) 32.000 de los 38.000 oficiales y marineros que envió a luchar contra el comercio aliado, la Luftwaffe perdió más de 485.000 hombres a los largo de la contienda; los hombres del Mando de Bombardeo de la RAF y de la fuerza de bombarderos estratégicos de la USAAF resultaron sólo un poco menos vulnerables. El Mando de Bombardeo británico perdió casi la mitad de sus efectivos (60.000 de 125.000), y la 8a fuerza aérea norteamericana perdió 18.000 pilotos y tripulantes en la guerra contra Alemania, con otras 7.000 muertes en el adiestramiento y percances operacionales de un total de 210.000 (1942-1945). Sólo después de mediados de 1944 pudo la mayoría de las tripulaciones de la 8a fuerza aérea contar con cumplir 25 misiones, el número mágico que indicaba la llegada del turno de volver a casa.

 

Cementerio americano en Omaha Beach

   

Sin duda, la peor parte se la llevaron aquellos que no pudieron ver el fin de la contienda. No obstante, los supervivientes también resultaron perjudicados por el conflicto en que se habían visto envueltos. Es imposible establecer exactamente cuántos judíos fueron liberados de los campos de concentración. Pero a comienzos de los años 50, unos 250.000 supervivientes habían vivido en los campos de personas desplazadas en la posguerra de los Aliados mientras esperaban emigrar. Finalmente, encontraron nuevos hogares: 142.000 se fueron a Israel, 72.000 a EE.UU., 16.000 a Canadá, 8.000 a Bélgica, 2000 a Francia, 1000 a Gran Bretaña y unos 10.000 a Sudamérica y otros lugares. Tras el fin de la contienda, los soldados parecían estar sufriendo sin saberlo la culpa del superviviente: cuando pensaban en todos sus camaradas muertos, les resultaba algo desconcertante contarse entre los vivos al final de la batalla; se habían “abrazado los unos a otros como hermanos” en señal de felicitación llena de alivio. Sin embargo, muchos siguieron sin poder dormir bien semanas después de que hubiesen callado los cañones: el insólito silencio los desconcertaba. También necesitaban asimilar lo sucedido en todos aquellos momentos en los que no se habían atrevido a pensar demasiado. No había duda de que la experiencia que habían vivido constituía el período más importante no sólo de sus vidas, sino también de la historia mundial. Pensaban en sus hogares, en sus novias y esposas y en que se iban  convertir en miembros respetados de la comunidad. Sin embargo, en muchas ocasiones esto no dejó de ser una fugaz ilusión: los soldados supervivientes tuvieron muchas dificultades para integrarse en la vida civil. Muchos fueron víctimas de la doblez política, del racismo y del olvido más absoluto; los políticos, quienes no hacía mucho los aclamaron como héroes, los utilizaron como marionetas de sus indignos intereses, para después ignorarlos como si nunca hubieran existido. Muchos ex soldados murieron solos, marginados, alcoholizados y olvidados.

Lejos de querer glorificar la guerra o el militarismo que la ocasiona, dedicamos la presente página a la memoria de todas las víctimas civiles y militares, de la Segunda guerra mundial, con la esperanza de que un conflicto de estas características no vuelva a repetirse.

 

 

1. Texto modificado procedente del libro La guerra que había que ganar, de Williamson Murray y Allan R. Millett